Aurora, por Ricardo Lapin
Este pasado Pesaj recibí la noticia a través de colegas del extranjero: Ilana Shafir ya no está con nosotros. Quizás no sea tan sorprendente para alguien de 90 años, pero con todo es incompatible con su personalidad vital. Lo más sorprendente de su increíble biografía es que siendo una «Diva», educadora y «Master» en arte en general y en mosaico en particular, no es conocida ni reconocida en su país como lo es en el gran mundo. Es el ejemplo vivo de que nadie es profeta en su tierra, sobre todo si se decide vivir y trabajar lejos de los templos del arte y la cultura local, como lo es la ciudad de Ashkelon.
Tuve el privilegio de conocer a esta maravillosa mujer cuando me invitaron a enseñar artes plásticas en la «Cátedra» de Ashkelon y también dar cursos de escultura cerámica en el mismo centro cultural. Había 5 hornos de cerámica, lo que es un lujo para cualquier institución. Y entre las «alumnas» estaba Ilana, la más anciana, con su melena blanca y su andar pausado, lleno de fuego en los ojos y una admiración visible del resto de las alumnas, cosa que adjudiqué al hecho que estuviera tan activa para su edad, más pronto descubrí mi error.
Era una artista activa, de renombre internacional, que revolucionó el concepto del mosaico, y fabricaba piezas para sus mosaicos. Invitada con sus entonces 86 u 88 años a dar conferencias y simposios en EE.UU, Italia o Australia y con los cupos de participación agotados meses antes de su llegada. No hacía caso de los premios internacionales como del «ninguneo» de los marcos artísticos nacionales.
Había pasado mucho en su vida para dedicar energía a estas minucias. Nacida en Sarajevo en 1924, escapa en el Holocausto hacia el sur de Yugoslavia con su familia, en la zona bajo ocupación italiana. Todos los campesinos sabían que eran judíos pero nadie las denunció, e Ilana hacía retratos de los hijos de los campesinos a cambio de comida.
Hacia el final de la Guerra se incorporó a los partisanos y una vez finalizada la contienda estudió y se graduó en la Academia de Arte de Zagreb, en 1949 e hizo aliá a Israel. Llegó a la ciudad de Ashkelon, que tenía unas pocas familias, y allí ella levantó un centro de arte, enseñó y formó a generaciones de niños en artes plásticas. Como muchos sobrevivientes, en un principio trabajó en blanco y negro y hacía retratos de inmigrantes y sobrevivientes como ella.
Con el tiempo dejó el dolor y el sufrimiento como temas y comenzó a trabajar en acuarela, ganando premios internacionales. Con la cerámica, descubrió el mosaico. Allí comenzó a desarrollar su técnica, su estilo, que le dio premios, satisfacción, reconocimiento internacional y cientos de alumnos de todo el mundo. Ilana mezcla materiales como piedras, vidrio, corales, porcelanas rotas, caracoles y un largo etcétera.
Trabaja intuitivamente, sin bocetos, dejando que los materiales se conecten, que dos piezas «se besen» como decía ella. Sus trabajos son de una calidad y belleza que escapa a las descripciones y los gustos, y por ello invito a ver su sitio web o la infinidad de artículos y fotos en Internet.
Ilana hacía mucho uso de cerámica de platos o jarras rotas, y tenía una vasta red de conocidos y admiradores que le juntaban vajilla rota así como «agentes» que en sus viajes y paseos por el mundo le traían piedras de mares o lagunas lejanas, ostras y caracoles, vidrios de fabricas artesanales y otros materiales naturales que podían ser parte en futuras obras.
Dejé de enseñar en Ashkelon pero continué en contacto y amistad con Ilana, visitándola en cuanto viajaba hacia el sur del país, llevándole «cerámica rota», compartiendo charlas de arte y viendo su jardín mágico, con mosaicos y esculturas, espiando una obra a medio hacer en su estudio. Estar con esta mujer en apariencia tan frágil pero tan activa, vital y lúcida, era una fuente de inspiración, de alegría de vivir, y algo de eso trasmiten sus obras.
A cada ataque con misiles de Gaza a Ashkelon la llamaba por teléfono sabiendo que estaba sola y octogenaria. Ella se reía de mi preocupación, agradecía el acto de amistad e interés, pero fuera de la molestia pasajera, estaba en realidad más preocupada porque unas piezas que horneó con esmaltes y que precisaba para un mosaico no salieron en el color deseado.
Cuando llegó a Ashkelon desde su casa se veía el mar. Hoy su hermoso jardín, lleno de grandes mosaicos y esculturas, es un legado de la actividad creadora, y ha sido rodeado por calles y edificios de una ciudad con tradición y cultura, con raíces desde tiempos fenicios, egipcios y romanos. Si Sansón fue el héroe local en su época, Ilana es el referente de cultura de la moderna ciudad. Y si no en vida, ha llegado la hora que algún museo nacional haga una muestra retrospectiva de esta artista tan anónima como gigante, tan humilde como venerada en otras tierras.
Ilana Shafir, la orfebre del mosaico que merece un reconocimiento
19/May/2014
Aurora